Caminaba
por la calle, penetrando la espesura de la tarde.
Mientras
caminaba sentía la mirada triste de mi observador.
Empecé
a acelerar mi paso, sin embargo, a medida que avanzaba, las miradas se
incrementaban.
Me
detuve en el refugio de un árbol, y fingiendo amarrar las agujetas de mis
zapatos, intenté ver a mi observador.
Nadie
lucía sospechoso, la gente caminaba sin rumbo: unos tristes, otros cansados,
otros enamorados, otros muertos…
Seguí
avanzando hasta detenerme en la comisura de la banqueta. Junto con otras
personas debía esperar a que el semáforo cambiara de parecer.
Momentos
después me encontraba en la central, el corazón se me aceleró al ver que todos
parecían estar delirando… afortunadamente el transporte rumbo a mi hogar arribó
minutos después de concluir esa escena. Subí acompañado de personas que
únicamente compartían su ruta y respeto moral conmigo.
Subí
hasta el final del fúnebre camión y me senté junto a la ventana.
De
pronto sentí que alguien me miraba a través del vidrio… giré mi cabeza con la
velocidad de un búho… no había nada más que mi desesperado reflejo.
El
camión seguía su ruta ¿Cuándo cambiará? –Me pregunté—
Fue
entonces que las llantas frenaron lentamente, alcé mi mirada y te vi…
Tu
sonrisa se desbordaba al verme, caminabas con la sensualidad demoniaca y te
sentaste a mi lado.
--¿Te
acuerdas de mí? –Preguntaste.
--…
--Soy
yo, y ya es la hora
--¿La
hora de qué? –Pregunté asustado.
Me
miraste a los ojos y me diste un tierno beso.
--He
venido por ti, te llevaré al descanso eterno. –Dijiste—
En
ese momento mis fuerzas abandonaron mi cuerpo, lo último que sentí fueron sus
labios… y abandoné este mundo.
Benedicto
Dzul Ornela